
Hace muchos años, en una de nuestras aventuras infantiles fuera de las residencias, trajimos 2 pequeños gatos, Tigre y Mariposa. Los cuidamos y éstos se quedaron a vivir en el edificio. Con los años, varias generaciones de felinos colmaron no sólo las resi, sino también la Calle Santa Margarita.
Tigre murió arrollado por un vehículo hace ya muchos años y Mariposa simplemente desapareció. Sus descendientes eran fieros, salvajes, muy lejos de la docilidad de aquellos gatitos que trajimos, pero también desaparecieron. Las malas lenguas dicen que murieron envenenados por un vecino que quería deshacerse de una perra pitbull criada para ser agresiva (aunque esta raza lo es por naturaleza).
Abro con la historia de los gatos porque desde que me mudé nuevamente al que ha sido el hogar de mi familia desde hace ya casi 30 años, he observado una impresionante invasión de ratas. Es fácil sentarse en la plaza y verlas pasear por los jardines a toda hora, pero en especial de noche. El

tamaño de algunas hace suponer que están muy a gusto en la zona.
Anoche, mientras esperaba a alguien en un edificio vecino, conté 7 de estos roedores merodeando. Un día, mientras un grupo de personas hacíamos ejercicios, una se paró en medio de nosotros, se acicaló las patas y siguió su camino, sin el mas mínimo asomo de temor.
Lo peor del caso es que todos los vecinos comentan, se horrorizan y plantean soluciones pero nadie ha hecho nada para resolver el problema, mientras que los roedores se propagan y siguen engordando. Como siempre, se esperará a que haya una epidemia o peor aún, alguien resulte agredido por uno de estos animales. Mientras tanto, los niños juegan en los jardines donde algunas ratas tienen sus nidos.