
A lo largo de mi existencia siempre he tenido personas a mi lado que me han apoyado sin juzgarme, de puro corazón.
Cuando niño era los ojos mi tía Albertina (hermana de mi abuela). De ella recibía cualquier cosa que le pidiera, siempre estuvo allí, cuidándome, haciéndome sentir cómodo, malcriándome. Mi tía Mirna, hermana de mi padre, tomó el testigo y hasta el día de su muerte se convirtió mi principal apoyo, se podría decir que fué la mejor amiga que he tenido. Mi padre, con todos sus defectos, para bien o para mal, fué un ejemplo para mi. Aunque no fué el padre perfecto (¿acaso eso existe?) supo darme unas cuantas herramientas para sobrevivir a un mundo que para él siempre fué duro. Mi tía Ana María, Dios, ¿Cómo describirla?. Ella es mi salvavidas pues siempre me ha dado cobijo en los peores momentos de mi vida. De mis amigos no hablaré, ellos saben quienes son y creo que ninguno lee mi blog. Son pocos, muy pocos, pero la reciprocidad del apoyo incondicional entre nosotros es incuestionable.
Ahora bien, ¿Por qué carajo les digo todo esto? Bueno, últimamente me he dado cuenta de que me acostumbré a tener a alguien donde apoyarme y eso no está bien. Claro que esta bien contar con el apoyo de los seres queridos, pero uno no debe apegarse a ello.
He madurado, mi corazón se ha ido curtiendo con los años. He aprendido a que las heridas que quedan en el corazón sirven para recordarnos lo frágil que es. Pero también he aprendido a que muy pocas personas valoran eso y por tanto ahora dejo fluir los sentimientos, así solo conservo el apropiado para cada ocasión.
El tiempo se ha ido llevando a esas personas que fueron mis muletas, mis rueditas de ayuda para aprender a manejar bicicleta. Ahora, con las piernas atrofiadas por la costumbre, debo aprender a caminar de nuevo. Pero esta vez será sólo, como debió de ser hace mucho tiempo. Ya me he dado tantos golpes que he aprendido a esquivarlos, he incluso puedo absorber algunos, así que no queda otra que empezar a andar...